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La definición: sus propósitos

El lenguaje es un instrumento muy complicado. Las personas aprenden a usarlo de la misma manera en que aprenden a usar otras herramientas, tales como automóviles o equipos de cocina. Un muchacho que viaja mucho con su padre raramente necesita que se le dé instrucción formal para guiar el automóvil de la familia; adquiere su conocimiento simplemente mediante la observación y la imitación de su padre. Una muchacha que pasa mucho tiempo en la cocina con su madre aprende el uso de aparatos de cocina muy complicados mediante el mismo método. Lo mismo ocurre con el lenguaje; en la infancia, y muchos de nosotros durante toda nuestra vida, aprendemos el uso adecuado del lenguaje observando e imitando la conducta lingüística de la gente con la que nos encontramos y de los libros que leemos.
Sin embargo, hay un límite para esta especie de aprendizaje inconsciente. Los desastres cada vez más frecuentes debidos a accidentes de tránsito han planteado la conveniencia de que los conductores reciban cierta instrucción formal, además del aprendizaje por imitación que antes era suficiente. La necesidad de que las muchachas complementen su aprendizaje por imitación ha sido reconocida hace tiempo, como lo demuestra la inclusión de cursos sobre economía doméstica en la escuela secundaria y aun en los planes de estudios universitarios. Se presenta una situación similar en el estudio del lenguaje. Hay circunstancias en que los métodos usuales de observación e imitación ya no bastan y se hace necesaria una instrucción formal, es decir, una explicación deliberada del significado de los términos. Explicar la significación de un término es dar una definición del mismo.
Dar definiciones no es el método fundamental para educar a la gente en el uso y la comprensión correctos del lenguaje; es, más bien, un recurso complementario para llenar las lagunas que ha dejado el método fundamental
En la conversación o en la lectura, a menudo damos con palabras que no nos son familiares y cuyo significado no queda aclarado por el contexto. Para comprender lo que se dice es menester descubrir lo que las palabras significan; es aquí cuando aparece la necesidad de las definiciones. Un propósito de la definición, por ende, es enriquecer el vocabulario de la persona para la cual se da la definición.
Otro propósito al que puede servir la definición es eliminar la ambigüedad. Quizá la mayoría de las palabras tienen dos, o más, significados o sentidos distintos, pero habitualmente esto no origina ningún inconveniente. En algunos contextos, sin embargo, no está claro el sentido que se pretende dar a una palabra determinada y en estos casos decimos que la palabra es ambigua. En el capítulo precedente hemos analizado los razonamientos falaces que resultan del uso inconsciente de términos ambiguos y los caracterizamos como falacias de equívoco. Tales razonamientos solo son engañosos si la ambigüedad pasa inadvertida.
Cuando se analiza la ambigüedad, su apariencia persuasiva desaparece y la falacia queda a la vista. Pero, para disipar la ambigüedad necesitamos dar definiciones que expliquen los diferentes significados de la palabra o frase ambigua.
El lenguaje no solamente puede llevar a hacer razonamientos falaces, sino que puede también originar discusiones que son puramente verbales. Algunos desacuerdos aparentes no corresponden a genuinas diferencias de opinión, sino simplemente a usos diferentes de un término. Allí donde la ambigüedad de un término clave ha originado una disputa verbal, a menudo podemos poner fin al desacuerdo señalando la ambigüedad. Logramos esto dando las dos definiciones diferentes del término, de modo que puedan distinguirse claramente los dos significados y quede disipada la confusión. Un ejemplo ya clásico del método para resolver los desacuerdos verbales mediante la definición de los términos ambiguos es el que da William James en su segunda conferencia sobre el Pragmatismo. James escribe:


Hace algunos años participé en una excursión a las montañas. En cierta ocasión, volvía yo al campamento después de dar un paseo solitario cuando encontré a todos empeñados en una feroz discusión metafísica. Ei objeto de la discusión era una ardilla, una ardilla viva a la que se suponía colgada del tronco de un árbol, mientras del lado opuesto del árbol estaba parado un ser humano. Este testigo humano trata de llegar a ver la ardilla y para ello se mueve rápidamente alrededor del árbol, pero, por rápido que sea su desplazamiento, la ardilla se mueve con igual velocidad en la dirección opuesta y mantiene siempre el árbol entre ella y el hombre, de modo que éste nunca puede verla. El problema metafísico resultante es éste: ¿Se mueve o no el hombre alrededor de la ardilla?
Indudablemente se mueve alrededor del árbol y la ardilla está sobre el árbol; pero, ¿se mueve también alrededor de la ardilla? En medio del ocio ilimitado que favorecían esas soledades, la discusión había tenido tiempo d^ agotarse. Todo el mundo había tomado partido y cada cual se obstinaba en su posición. Además, el número de adherentes de cada opinión era parejo. Por eso, cuando yo aparecí ambas partes apelaron a mí para que les diera la mayoría. Recordé el adagio escolástico según el cual cada vez que se encuentra una contradicción es menester hacer un distingo e inmediatamente busqué y hallé uno, que era el siguiente: ''Decidir cuál es la opinión correcta —sostuve— depende de lo que cada uno quiera significar prácticamente por 'ir alrededor' de la ardilla. Si lo que se quiere decir con ello es que se pasa del Norte de la ardilla al Este, luego al Sur, luego al Oeste y luego nuevamente al Norte, obviamente el hombre va alrededor de ella, pues ocupa sucesivamente estas posiciones. Si, en cambio, lo que se quiere decir es que está primero enfrente de elía, luego a su derecha, luego detrás, luego a su izquierda y por fin otra vez enfrente, es totalmente obvio que. el hombre no va a su alrededor, pues los movimientos compensatorios que hace la ardilla mantienen su barriga siempre dirigida hacia él y su lomo alejado.
Haced el distingo y ya no habrá motivo de discusión. Ambas panes tendrán razón o no, según que conciban la expresión 'ir alrededor' de una manera o de otra",
La mayoría pareció admitir que el distingo había resuelto la discusión, si bien uno o dos de los más calurosos contendientes calificaron mi discurso de evasiva artificiosa y manifestaron que no eran argucias o sutilezas escolásticas lo que querían, sino simplemente lo que en buen inglés quería decir round [alrededor de].


Como lo señala James, no se necesitaba el conocimiento de nuevos hechos para resolver la disputa, pues posiblemente no hubiera ninguno que sirviera a ese fin. Lo que hacía falta era justamente aquello que James propuso, o sea un distingo entre significados diferentes del término clave en la discusión. Esto solo podía lograrse, claro está, ofreciendo definiciones optativas de la expresión "ir alrededor". Las disputas verbales solo pueden resolverse dando definiciones de los términos ambiguos implicados en ellas. El segundo propósito de la definición, por lo tanto, es eliminar la ambigüedad, tanto para poner de manifiesto las falacias de equívoco como para resolver disputas que son puramente verbales.
Otro motivo que puede impulsarnos a definir un término se presenta cuando deseamos hacer uso de él pero no estamos totalmente seguros de los límites de su aplicabilidad, aunque en cierto sentido conozcamos su significado. Esta razón para desear definir un término es distinta de la primera que expusimos. En ésta, lo que se quería era enseñar el significado de un término poco usual En este caso, lo que se desea es aclarar el significado de un término ya conocido. Cuando un término necesita aclaración, decimos que es vago. Aclarar la significación de un término equivale a eliminar su vaguedad, lo cual se logra dando una definición del mismo que permita decidir, para cada situación particular, si es o no aplicable en ella. Esta motivación suele confundirse con la segunda que hemos expuesto, debido a que a veces se confunde la vaguedad con la ambigüedad. Pero éstas son dos propiedades totalmente distintas. Un término es ambiguo en un contexto determinado, cuando tiene dos significados distintos y el contexto no aclara en cuál de ellos se lo usa. En cambio un término es vago cuando hay 'casos límites' tales que es imposible decidir si el término en cuestión se aplica o no a ellos. En este sentido, la mayoría de las palabras son vagas» Los científicos no han podido decidir si ciertos virus son o no entidades 'vivas', no porque ignoren si el virus tiene o no facultades de locomoción, de reproducción, etc., sino porque la palabra 'vivo' es vaga. Es más familiar, quizás, la dificultad para decidir si un determinado país es o no una 'democracia', o si una cierta obra de arte es o no 'obscena'.
Estas 'dificultades' pueden parecer triviales, pero en ciertas circunstancias pueden adquirir gran importancia práctica. Por ejemplo, supongamos que se nos confía la tarea de aplicar una ley que estipula la concesión de ayuda financiera a países con gobiernos 'democráticos'. En tal situación, las decisiones referentes a los casos límites tendrían las más graves consecuencias morales, políticas y, quizás, hasta militares, además de consecuencias financieras en las que habría en danza millones de dólares.
La indecisión referente a esos casos límites podría resolverse mediante una definición del término vago que aclarara si debe o no aplicársele. Así, para decidir si una casa rodante debe ser conceptuada como vehículo o como vivienda a fines impositivos, debemos ver cómo define estos términos la ley. Y si las definiciones registradas no son lo bastante precisas como para permitir una decisión, el tribunal en cuyo ámbito cae la cuestión debe promulgar nuevas definiciones que permitan una aplicación clara. Otro propósito de la formulación de definí' cionés, pues, es suprimir la vaguedad de los términos corrientes, propósito que es distinto de los mencionados previamente,
Otra finalidad que podemos perseguir aún al definir un término es formular una caracterización teórica adecuada del objeto al cual deberá aplicársele. Por ejemplo, los físicos han definido la palabra 'fuerza' como el producto de la masa por la aceleración. No se da esta definición con el fin de enriquecer el vocabulario de nadie, ni para eliminar la ambigüedad, sino para incorporar parte de la mecánica newtoniana al significado de la misma palabra "fuerza". Tal definición puede reducir la vaguedad del término definido, pero su propósito fundamental no es éste, sino otro. La definición que da el químico de 'ácido', en el sentido de sustancia que contiene hidrógeno como radical positivo, es otro ejemplo de definición teórica. Todo lo que en el uso corriente es llamado ácido es también denotado por el término, tal como lo define el químico, pero no se pretende que el principio usado por el químico para distinguir los ácidos de otras sustancias sea aplicado por las amas de casa o por los que trabajan en el laminado de metales, cuando usan el término. La definición del químico está dirigida a incluir en la significación de la palabra la propiedad que es más útil, en el contexto de su teoría, para comprender y predecir la conducta de las sustancias denotadas por la palabra. Cuando el científico elabora construcciones como éstas su propósito es de carácter teórico.
Además de las razones precedentes para definir términos» que son las más importantes, puede haber también otra que conduce a la formulación de 'definiciones' retóricas o persuasivas. La persona que da una 'definición persuasiva' de un término no trata de explicar el significado literal del mismo, sino de gravitar en las actitudes o agitar las emociones de sus lectores u oyentes-de cierta manera definida. Así, una persona puede salir en defensa de un amigo acusado de falta de tacto elogiando la honestidad de su amigo y definiendo 'honestidad' como la actitud de decir la verdad sin consideración de las circunstancias. Aquí, el propósito de la persona en cuestión no es dar una explicación del significado literal de la palabra 'honestidad', sino lograr que sus oyentes transfieran a la conducta de su amigo la valoración emotiva de carácter laudatorio que se adscribe al término 'honestidad'. Su lenguaje no es informativo, sino que funciona expresivamente. El valor emotivo que se quiere transferir no necesita pertenecer inicialmente al término definido, sino que puede estar adscripto a una palabra usada al formular la definición. Por ejemplo, un defensor del socialismo puede definirlo como la democracia extendida al campo económico. En tal caso, no se define la palabra socialismo con el fin de explicar su significado literal o descriptivo, sino con objeto de conquistar para ella algo de la aprobación y entusiasmo que comúnmente despierta la palabra 'democracia'. Puede discutirse si los recursos retóricos de este género merecen el nombre de definiciones, pero la palabra se usa con frecuencia de esta manera, como en los concursos que abren algunos periódicos para las 'mejores definiciones' de diversos términos.
Ahora que hemos visto que las definiciones pueden tener tanto una función expresiva como una función informativa, será conveniente precisar un poco nuestro anterior examen de las discusiones verbales. Es verdad, como dijimos, que algunos desacuerdos son puramente verbales; son el resultado de confundir dos sentidos diferentes de un término ambiguo. El ejemplo de la ardilla de James era claramente de este tipo; la discusión era simplemente acerca de palabras. Pero los casos como éste sólo tienen una similitud superficial con otras disputas que son genuinas.
Piénsese en el prolongado desacuerdo entre Estados Unidos y la Rusia Soviética después de la Segunda Guerra Mundial. Entre los puntos en discusión había cuestiones tales como saber si debían acordarse ciertos derechos y privilegios, por ejemplo la admisión en la Organización de las Naciones Unidas, a una u otra nación de Europa Oriental. Algunos comentaristas y editorialistas periodísticos estigmatizaron estas disputas atribuyéndoles un carácter puramente verbal. Todo lo que se necesitaba, parecían sugerir los críticos, era una definición bien elaborada de la palabra clave 'democrático', ya que las dos grandes potencias estaban de acuerdo en que los países democráticos debían gozar de todos los derechos y privilegios posibles. Pero esta situación podría haber sido caracterizada muy bien como un 'acuerdo puramente verbal'. Las dos potencias coincidían en el significado emotivo de la palabra 'democrático', pero cualquier definición que una u otra hubiera ofrecido habría sido exclusivamente de tipo persuasivo, pues había desacuerdos genuinos y de gran alcance que separaban a Estados Unidos de Rusia. Se hallaban en juego cuestiones políticas y morales de gran significación; sugerir, entonces, que para resolverlas bastaba redefinir términos sería caer en una supersticiosa creencia en la eficacia de la 'palabra mágica'. En presencia de temas que separaban realmente a las dos naciones, su acuerdo sobre el significado emotivo de la palabra 'democracia' solo servía para impedir el acuerdo sobre una definición descriptivamente adecuada del término, Solo podía al» canzarse esa definición como resultado de la solución de los desacuerdos políticos y morales, pero no podía ser un medio para hallar esa solución. Naturalmente que podía haberse llegado a un acuerdo acerca del significado literal de la palabra 'democracia', pero solo a condición de que una u otra parte repudiara el significado emotivo encomiástico del término'
Algunos desacuerdos son puramente verbales, pero es indudable que no todos tienen este carácter, Y allí donde hay un genuino desacuerdo, éste no se resuelve por medios tan simples como la elaboración de nuevas definiciones para los términos implicados en él. Los intentos por resolver de este modo esos desacuerdos conducen a las 'definiciones persuasivas', que no son más que otro género de recurso retórico, que puede o no lograr su fin, pero del cual no se puede depender.