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El lenguaje emotivamente neutro

En el análisis precedente hemos insistido en que el uso expresivo del lenguaje es tan legítimo como el informativo. El lenguaje emotivo no tiene nada de anómalo, como tampoco lo tiene el lenguaje no emotivo o neutro. De igual modo, podemos decir que las almohadas y los martillos no tienen nada de malo. Todo esto es cierto, pero eso no quiere decir que vayamos a tener éxito si tratamos de clavar clavos con almohadas o que podamos sentirnos cómodos si tratamos de dormir apoyando nuestras cabezas sobre martillos. En la traducción de Thouless de los versos de Keats a un lenguaje neutro, había un gran valor que se perdía, aunque se mantenía el significado literal. Era un caso en el que el lenguaje con colorido emocional era preferible a un lenguaje neutro. ¿Hay circunstancias en las cuales un lenguaje neutro es preferible a otro con tintes emotivos?
Es evidente que cuando estamos tratando de Averiguar los 'hechos', de seguir un, razonamiento o de conocer la verdad acerca di» algo, todo lo que nos distraiga de nuestro propósito tenderá a frustrarnos. Es un lugar común el que las pasiones tienden a oscurecer la razón y esta opinión se reflejaren el uso de las palabras 'desapasionado' y 'objetivo' como sinónimos.. Se desprende de esto que, cuando tratamos de razonar acerca de hechos de una manera fría y objetiva, el referirnos a ellos con un lenguaje fuertemente emotivo es un obstáculo y no ayuda. Por ejemplo, si nos interesa calcular en términos de productividad y eficiencia las consecuencias económicas que se derivarían de diversos grados de control económico gubernamental, hallaremos nuestra tarea más difícil si insistimos en referirnos a los fenómenos en cuestión con palabras emocionalmente tan cargadas como 'libertad' e 'interferencia burocrática', por un lado, o 'licencia* e 'irresponsabilidad', por el otro.
El uso de tales estereotipos debe desaprobarse, no porqué carezcan de valor literario, sino porque las trilladas reacciones emocionales que ellos agitan se interponen en la apreciación objetiva de los hechos a los cuales se refieren. Este peligro es bien familiar para aquellos que han estudiado las consultas de la opinión pública, como las de Gallup o Roper. Al tratar de conocer los puntos de vista de la gente, los que realizan la encuesta deben cuidarse de no deslizar prejuicios en la cuestión formulando sus preguntas de tal modo qué graviten en las respuestas. En su reciente libro, The Proper Study of Mcwt-kínd (El correcto estudio de la humanidad), Stuart Chase ofrece un interesante informe sobre este problema:
En 1946, Roper inició un interesante test semántico. Tomó dos grupos de personas, de modo que constituyeran dos conjuntos de muestras prácticamente idénticos. Lo demostró haciendo diversas preguntas y obteniendo resultados porcentuales muy similares. Luego formuló a cada grupo una serie similar de preguntas, solo que para uno de los grupos introdujo una nueva y desagradable palabra: propaganda.